El Celta ha evolucionado hacia el pragmatismo y la resiliencia desde el romanticismo de los primeros partidos de Claudio Giráldez, los de aquel equipo que no conocía la marcha atrás porque la mayoria de las veces le podía la osadía de jugar hacia enfrente. En este momento es más ambicioso , presta mucho más atención al marcador y al contexto.
Y, si está con un rival como el Olympique de Lyon, que sabe tener el balón y trata de manejarlo la mayor parte del tiempo en campo contrario , ni se desespera ni se precipita. Espera, intentando de encontrar sus ventajas en el eje que combina tiempo y espacio.
Gracias a esa templanza, y al buen trabajo en la contención mezclado con la verticalidad y la velocidad en las transiciones, logró irse al descanso con ventaja en el marcador. Con esa combinación logró desarmar en tres ocasiones el planteo francés, a sabiendas de que al adelantar líneas el Olympique dejaba mucho más espacio a la espalda.
Todo arrancó en la cabeza de Iago Aspas, un experto en tomar buenas resoluciones. Ganó los primeros metros y el beneficio conectando con Matías Vecino, que extendió con velocidad para que acelerase Swedberg. Y Javi Rueda acompañó por el centro para ofrecerle una alternativa clara y natural de pase. No tuvo más que mover en el fondo de la red.
Las otras dos llegadas con peligro fueron también posesiones muy cortas y muy afiladas. En una, Aspas envió al espacio y Borja Iglesias remató flojo. En la otra fue Mingueza el que conectó con el Panda, y el portero, con su salida, evitó el segundo.
La entrada de Jutglá por Aspas en el intermedio, más que la de Carreira por Javi Rueda, parecía redoblar esa apuesta por la agilidad en ataque. Pero la expulsión temprana de Borja Iglesias lo complicó todo mucho más de lo que se encontraba , porque el Olympique de Lyon no dejó de llevar la idea en ningún instante. No dejó de buscar la portería.
Tocaba cambiar el manual de los aguijonazos por el de la resistencia con bastantes minutos por enfrente , sin apenas posibilidad de amenazar cuando recobraba la posesión.
El equipo olívico demostró que trabaja todas y cada una de las ocasiones de juego, porque juntó líneas, multiplicó ayudas y apretó los dientes. No le quedaba otra, y Giráldez ayudó con los cambios para intentar que no bajase el nivel físico. El Celta es un colectivo al que le gusta combinar y intentar controlar a través del balón. Pero asimismo sabe aplicarse cuando no posee la posesión. En el final acabó llegando el empate, en un error de Radu, que instantes antes había sido salvador.
Lo malo del partido, más que nada para la vuelta, el peaje del extraño arbitraje con las tarjetas, y con el cronómetro.

